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Infancia sin redes sociales

Hace muy poco Reino Unido tomó la iniciativa de controlar a qué edad se puede tener redes sociales, con el objetivo de devolverle la infancia a los niños, secuestrada por la tecnología y afines. La preocupación viene por lo que hace años vemos en aumento, los niños y adolescentes a penas juegan, andan con sus celulares y tabletas, ensimismados, mientras la vida ocurre a su alrededor.

La nomofobia es una nueva manera de perder la esencia humana porque la obsesión por estar conectados desplaza el contacto con los demás de forma presencial. El teléfono es un vicio muy perjudicial cuando se sale de control y por ello cada vez más instituciones y gobiernos se percatan del hecho y tratan de intervenir de forma drástica al regular el acceso porque, evidentemente, no es suficiente dejarlo a libre elección familiar.

No se trata solo de que cambió los modos de entretenimiento, de búsqueda de información y de comunicación, es que las plataformas digitales más conocidas como Facebook, Instagram, X y TikTok son de las principales causas de deterioro de la salud mental y de menor desarrollo de los infantes.

Está comprobado que prohibir el uso de teléfonos celulares inteligentes, Internet y redes sociales, es lo único que podemos hacer para garantizar que niños y adolescentes sean saludables y continúen con comportamientos propios de su edad. Implementar tales restricciones no solo protegerá la infancia, retrasará todos esos males a los cuales nos enfrentamos de adultos y que siendo niños no se tienen herramientas psicológicas sólidas para manejarlo como el bullying y el acoso.

El impacto de las redes sociales es real y la mayoría de las personas ni siquiera se pregunta qué ocurre con esa generación que ha crecido viendo una pantalla antes de aprender a mirar el mundo. El resultado es la infancia más conectada de la historia y al mismo tiempo una de las más ansiosas. Y tiene explicación.

Como nunca, el acceso a Internet posibilita obtener muchísima información, encontrar entretenimiento y estar comunicados. Eso sucede actualmente, y aunque parece una ventaja, nunca antes los niños estuvieron tan expuestos a estímulos permanentes.

De acuerdo con estudios, esto ocurre en todo el mundo. Expertos encuentran asociaciones directas entre el uso intensivo de redes sociales y mayores niveles de ansiedad, depresión, problemas de autoestima, trastornos del sueño y dificultades de concentración, de aprendizaje y para interactuar con otros.

Sin embargo, aunque advierten que la relación es compleja y no todos los niños y adolescentes se afectan de la misma manera, existe un consenso creciente que asegura que la exposición temprana y prolongada puede aumentar los riesgos.

El problema no se trata solo del contenido que reciben y que puede salirse de control, la mayor dificultad es de diseño porque las plataformas digitales están proyectadas para captar atención y absorber. Es muy difícil salirse de ellas porque son atractivas, siempre muestran información nueva debido al desplazamiento infinito, la reproducción automática en el punto exacto, las notificaciones constantes, además de la recompensa del "me gusta". Todo esto que está concebido para atrapar consigue activar mecanismos psicológicos similares a los que intervienen en otras conductas adictivas. Sin dudas, es una dependencia.

Por tanto, pensemos un poco. Cuando un niño recibe cientos de estímulos digitales al día, aunque sean pequeños y breves, su cerebro se acostumbra a la gratificación instantánea y la espera se vuelve incómoda. A partir de entonces el silencio será extraño, y el aburrimiento, que debería ser una puerta hacia la creatividad, desaparecerá poco a poco, perderá ese impulso solo en la expectación del aliciente al que se acostumbró, y en su ausencia llegará la inquietud combinada con angustia.

Gracias a la nomofobia hoy es muy común que niños y adolescentes experimenten temor cuando pierden el acceso a su teléfono móvil, ya sea porque se queda sin batería o se desconecta. Cuando esto ocurre ya el mal está demasiado adentro, y lo que hace unos años parecía una tontería, una curiosidad de estudio, hoy es una preocupación creciente.

Muchos niños y adolescentes reportan sentir nerviosismo cuando no pueden revisar mensajes o sus redes sociales, no importa si es durante períodos cortos. Esto los obliga a monitorear constantemente las notificaciones o entrar a sus redes sociales por el miedo de perderse alguna publicación o reacción.

Esto puede afectar la calidad del sueño, así como el nivel de concentración y el desarrollo de cualquier actividad off line. Y, a pesar del frecuente contacto por vías digitales, nunca antes tantas personas reportaron sentirse solas.

A veces la familia descansa en el móvil la responsabilidad de entretener a sus hijos de otras maneras, confían que así estarán tranquilos y a salvo porque a penas se mueven de su entorno. Esa es una realidad, no obstante, además de discutir a qué contenido están expuestos, otra cuestión importante es pensar en qué dejan de hacer mientras están conectados.

A simple vista saltan varios puntos como, dejar de jugar libre e instintivamente, gastar energía con la práctica de deportes, explorar el entorno y estar en contacto con la naturaleza, si fuera posible, o simplemente leer, conversar y desarrollar habilidades sociales y aprender a resolver sus momentos de ocio mientras todo es aprendizaje emocional.

Tales circunstancias no solo hacen que el niño sea física y mentalmente saludable, también es bueno para construir recuerdos de verdad porque la infancia no solo consiste en adquirir conocimientos, en poco a poco descubrir el mundo con todos los sentidos, y eso no lo puede favorecer ni el teléfono más sofisticado.

La reciente campaña británica para promover la iniciativa que pronto será ley tiene un mensaje muy sugerente y acertado "devolver a los niños parte de su infancia", y tiene todo de razón. No se trata de demonizar la tecnología, pero no se puede negar que ninguna plataforma digital reemplaza las habilidades y sensaciones de correr y saltar; ninguna red social podrá reproducir con exactitud la experiencia de compartir con amigos, y mucho menos ningún algoritmo puede sustituir el resultado que surge de una conversación face to face.

Y aunque muchos cuestionan si será o no efectiva la prohibición y otros la consideran bastante extrema, no queda más remedio que establecer límites y fiscalizar con constancia, ya que es imposible que no usen teléfonos inteligentes. Y a pesar de que también en Internet se pueden encontrar espacios de apoyo, enseñanza y socialización, no es lo que abunda, la mayoría busca otros contenidos.

El error de base fue otorgarle la posibilidad a niños y adolescentes a estar en contacto, solos, con herramientas que fueron diseñadas por empresas poderosas, expertas en competir por atención que priorizaron sus ganancias por sobre seguridad y calidad. Por eso, más allá de las normas, la familia cumple el papel fundamental en retrasar la apertura de cuentas hasta que se tenga mayor madurez emocional y capacidad crítica para gestionar riesgos, y esto, como es lógico, es difícil en la niñez sin guía.

La decisión británica no es aislada. Este es un tema que preocupa desde hace tiempo y el debate está lejos de terminar, pero probablemente marcará un precedente internacional al tiempo que otros países estudian cómo aplicar propuestas similares.

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