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Hablemos de suicidio

Estaba haciendo mi ronda informativa y encuentro un titular en El País que llamó mi atención, pero continué de largo porque no quiero leer pesimismos tan temprano en la mañana. Sin embargo, después, en menos de tres minutos, encontré un informe de hace unos días de la Organización Mundial de la Salud (OMS) con el título "Suicidio". Me detuve en seco, el mismo tema dos veces ya no es casualidad, así que retrocedí y busqué el artículo del periódico español y, sorpresa, me tuve que conformar con solo leer el resumen porque necesita suscripción, pero me bastó. Tratemos este tema. 

El suicidio es un asunto del que poco se habla. Si alguien tiene un familiar que tomó esa decisión, difícilmente lo aborde así, con normalidad. El suicidio es un poco tabú, o quizás piensan que si no lo mencionan pueden hacer como que no ocurrió, que la muerte le abrazó de manera natural porque le tocaba, o tal vez los más allegados carguen con una culpa que no les toca del todo porque después del suceso creen que pudieron intervenir de estar más atentos.

En esto último puede haber cierta razón porque qué tal mal debe estar una persona para sentir que morir es la única alternativa y que nadie cercano consiga ver alguna sospecha en su aspecto, su actuar, su ánimo. No puede ser completamente invisible por mucho que quiera terminar su vida en total silencio, dejar de existir como si se apagara la señal imperceptible de una antena. No, eso no es posible, siempre existe huella.

Cuando una persona en su mente concluye que la única salida es desaparecer para siempre, rara vez lo hace por un deseo intrínseco de muerte sino para escapar de alguna situación que le atormenta, le quita el sueño y las ganas de vivir distinto, porque en el ofuscado torbellino de su pensamiento no encuentra forma de superar lo que le aqueja o porque no quiere. No obstante, y muy probablemente, si pudiera compartir su dolor, sea cual sea, ese desahogo sería de ayuda.

Pero no, el suicidio es un recurso definitivo que no se consulta porque de antemano se sabe las alarmas que levanta. Y precisamente en ese rumiar constante que le antecede a su determinación se fundamenta la necesidad voraz de detener el dolor.

En eso coinciden psicólogos y psiquiatras, comúnmente el suicidio no es resultado de la búsqueda de finitud por el simple hecho de no existir, y ya, sino una medida desesperada de alivio cuando el peso del agotamiento emocional supera la capacidad psíquica de tolerancia.

El propio Guillermo Lahera Forteza, catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Alcalá, España, y autor del texto que menciono arriba, refiere que, y cito, "Detrás del motivo (...) puede faltar algo más elemental: alguien que le espere, algo que hacer, alguna razón por la que merezca la pena que haya un mañana." Precisamente es la falta de perspectiva lo que atormenta, una especie de ceguera impuesta cuando en realidad, siempre, siempre, hay un mañana y muchas oportunidades para volver a empezar y valorar que la vida es única, breve y maravillosa.

El comportamiento suicida no surge de repente, suele meditarse. Eso no quiere decir que en un arrebato alguien lo intente sin pensar bajo el impulso de un momento de tensión, pero de acuerdo con lo leído y supursto, le suele anteceder una sobrecarga mental que invalida la capacidad de prospectiva porque mira hacia adelante y percibe el futuro con rigidez, mientras se siente ahogado en su presente, incapaz de apreciar la realidad de manera objetiva, sofocado y sin esperanza.

La persona que elige desvivir lo hace desde su libertad y la asfixia de una estructura perceptiva que ha cancelado cualquier otra opción. Motivos son tantos como psiquis existen, los más comunes son el desamor, la vergüenza, la pobreza extrema, padecer una enfermedad terminal, y así, una extensa lista de problemas tangibles y etéreos también.

La cuestión del suicidio casi no se aborda fuera del contexto académico, se menciona en susurros, en comentarios bajitos como si fuera lo peor que puede suceder en una familia, y es cierto, porque siempre es evitable y hereda un sentimiento de tristeza que no se supera. Se trata de un dilema profundo que radica de igual forma en la ceguera compartida y la incapacidad del entorno para leer las señales. Es poco probable que el afectado pida ayuda a gritos, y el colapso suele gestarse en falsa calma hasta que explota.

Solo cuando se mira en retrospectiva se ve el rastro, un profundo trastorno, por eso en medio del caos el entorno falla cuando confunde aislamiento con necesidad de espacio, el retraimiento con timidez, o una repentina y extraña tranquilidad con simples cambios de ánimo. Muchas veces es esa calma la última etapa de quien tomó una decisión. La mirada social tiende a esquivar el malestar ajeno por incomodidad, exige a quien sufre que sostenga la máscara de la normalidad hasta que es demasiado tarde, y deja caer sobre sus hombros la responsabilidad de salir del abismo, solo.

Por eso todos somos parte del problema, y reconocer la existencia de esa oscuridad no es romantizarla, sino dirigir la mirada con lucidez para desarmarla porque pocos salen por sí mismos del embrollo mental que los lleva a querer suicidarse, el acompañamiento psicológico es muy importante cuando ya no pueden sostener solos la carga del agobio.

La OMS indica que cada año se cuentan más de 720 000 muertes por suicidio. No es un número bajito y con seguridad la realidad sea superior, además, la cifra de intentos fallidos es bastante alta y difícil de registrar con fidelidad. También refiere que es la tercera causa principal de muerte entre jóvenes, mientras un elevado por ciento se registra en países de bajos ingresos, como podemos adivinar.

El suicidio es una tragedia que deja cicatrices para siempre. Debemos atender las crisis de depresión y cualquier indicador que desestabilice a una persona porque los límites psicológicos son muy variables y no es intrínseca al trastorno mental, por así decirlo. No necesariamente es una decisión premeditada ni expuesta con facilidad, pero siempre llega con desesperanza.

Desde el año 2003 quedó establecido el 10 de septiembre como Día Mundial para la Prevención del Suicidio con la idea de llamar la atención sobre este problema de salud que puede aquejar a cualquiera cuando se encuentre sin salida, aunque exista. Debemos deshacernos de los estigmas, hablar y acompañar más, escuchar, comprender y apoyar a nuestros seres queridos antes de que sea tarde.

 
 
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